No, tranquilos que no me he vuelto creyente. Es simplemente que anoche, mientras volvía a casa me vino a la cabeza esta frase, ya sabéis, cuando Yahvé se dirige a Moisés en el Sinaí, y me pareció un buen título.
Me doy cuenta de que hace ya tiempo que no actualizo, y que además no os he contado mi segunda experiencia con los “singles” de Cádiz, así que empecemos por el principio.
Tras mi fallido primer intento de contactar con otras formas de vida basadas en el carbono y (supuestamente) inteligentes, decidí darme una nueva oportunidad. Esta vez tomé nota del teléfono de una de las “miembras” –gracias, Sra. Ministra, por estos impagables aportes a la lengua castellana- para evitar el fiasco anterior. Contacté vía página web con ellos para avisarles de mi incorporación al grupo y una vez en Cádiz no me la jugué, llamé y conseguí identificar al grupo, o más bien mini-grupo porque conmigo éramos cinco –aquí viene la rima fácil-. El grupo lo constituíamos tres mujeres y dos hombres. Edad media más de cuarenta –yo el más joven-, y todos divorciados, menos yo.
Lo primero fue ir a tomar algo, misión difícil porque se estaba ¿celebrando? en Cádiz un “mercado medieval, o lo que es lo mismo, cuatro tenderetes con baratijas, especies para infusiones, chocolate y un tipo estafando a los pobres padres despistados que habían acudido con sus hijos, a los que ofrecía paseos en pony, y la zona estaba bastante concurrida. Tras dar varias vueltas conseguimos una mesa en un bar, donde nos sirvieron algo parecido a la cerveza –pa’ mí que era una “clara” o cerveza con casera blanca. O eso o es la peor cerveza que he tomado nunca-.
Tras unos minutos la conversación derivó al tema preferido de cualquier separado/divorciado, dicho esto con la mayor ironía posible: los ex. Aquí pude participar poco, dado mi estado civil de soltería irredenta. Luego el tema cambió, que si Cuba, que si los hijos, que si otros viajes, etc. El otro miembro masculino del grupo nos puso al corriente de su vida, obra y milagros, temas de los que tampoco pude opinar mucho, dado lo personal de los mismos.
Después de dar una vuelta por los tenderetes –versión medieval de “mirar escaparates”-, acabamos yendo a un local de copas donde, según dijo alguien, ponían música de los ochenta y noventa. Aquí tomé una copa y dado que tenía que conducir para volver a San Fernando usé esa excusa y me largué.
Sin entrar en mucho detalle, detalle que tampoco hay, decir que no, que la cosa no cuadró. No sé, simplemente no vi que tuviera nada en común con esa gente. Supongo que no tiene nada de extraño, en un grupo tan reducido lo raro hubiera sido encontrar a mi alma gemela, y más en Cádiz. Tú ya me entiendes, Leo.
Hay algo que… no sé. Otra de las pegas de la reunión fue que los encontré demasiado mayores para mí. Quizás el problema esté también en que yo no asumo mi edad. Tengo cuarenta años, pero no me identifico con mi generación. O a lo mejor es que no he encontrado gente de mi edad parecidos a mí.
Pero esto pasó hace unas tres semanas, y ayer fue ayer.
Hace un par de días, un compañero me informó de una fiesta en Jerez. La organizaba otro club de “singles” y se celebraba en una bodega. El precio era 25 euros e incluía entremeses y tres consumiciones. Edad mínima 35 años. El asunto me interesó y tras varias vacilaciones me decidí a efectuar la reserva. Cuando le dije al tipo que me atendió que iría solo me comentó que había muchísima gente que iría así, y que ya había cerca de cuatrocientas reservas hechas.
Debo admitir que tenía mis dudas. Me daba miedo hacer el imbécil otra vez. No es que fuera a hacer el ridículo, tengo demasiado sentido del ídem para hacer tonterías, sino que temía que una vez en el sarao me limitaría a picar algo, tomar una o dos copas –otra vez la carretera- y permanecer en un rincón sin hablar con nadie. Al final me armé de valor y, como ya he dicho, hice la reserva.
Y así el viernes me vestí para la ocasión -incluso me duché, no creáis-, me perfumé y, tras dar vueltas por las cercanías durante una media hora –el sentido de la orientación no es mi fuerte- me presenté en la bodega.
Como me gusta actuar sobre seguro, o al menos con el mayor conocimiento posible, dediqué diez o quince minutos a simular esperar a alguien antes de entrar. De este modo podía ver que tipo de gente acudía a la fiesta y ver que ambiente me iba a encontrar.
Transcurrido ese tiempo prudencial y ya sabiendo lo que había, di media vuelta, cogí el coche y regresé a mi casa.
No sé quien mintió, si quien contestó al teléfono y me dijo que había mucha gente sola, o los que llamaron para decir que irían solos, pero todos los que llegaban a la bodega iban en grupo, y me dí cuenta de que si entraba iba a ocurrir lo que me había imaginado. Era, precisamente, el creer que habría más gente en mi situación lo que me había animado a acudir. Si coges a cincuenta desconocidos y los metes juntos en una habitación, más tarde o más temprano empezarán a hablar entre ellos, pero si metes a cinco conocidos y cuarenta y cinco extraños, los cinco formaran un grupo y el resto mirará sin participar.
Ya sé que esto es un poco exagerado. Hay muchísima gente que no tiene problemas en relacionarse y hablar con cualquiera, pero también hay muchos como yo que somos incapaces de hacerlo. Si hay algo que me corta aún más que hablar con un desconocido es acercarme a un grupo ya formado.
Pero todo esto me ha dejado algo claro, y de ahí el título de la entrada: Yo soy como soy.
Soy un solitario. Es mi forma de ser y eso no va a cambiar. Me he dado cuenta de que no se trata de una mera cuestión de carácter. No es como decir “No me gusta correr”. Efectivamente no me gusta correr, pero hago el esfuerzo y salgo casi todas las mañanas, pero esto es diferente. Es más como el vértigo o las fobias, es un miedo irracional. La timidez, o al menos la timidez patológica, como es mi caso, no se supera tan fácilmente. No es cuestión de echarle cojones y pa’lante. Cuando lo intentas, todo tu ser se rebela y te incapacita. En cierto modo me ha recordado a cuando intenté saltar en paracaídas. Subí a la avioneta, me enganché al cable, me situé en la puerta… y me rajé. Pensé que nadie me obligaba a hacer aquello, y francamente no quería hacerlo, así que volví a mi sitio y tome tierra de un modo más natural. Por supuesto que en aquel momento me jodió que mi hermana pequeña sí saltara, pero luego pensé que ella no padecía miedo a las alturas, como he podido comprobar que es mi caso. Aquí ha pasado lo mismo. Si una situación, como es dirigirme a desconocidos, me provoca angustia, ¿por qué tengo que hacerlo?
Es posible, por no decir seguro, que mi vida es bastante aburrida. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, con alguna salida más que ocasional. Pero es mi vida, y a mí no me agobia. He intentado adaptarme al estándar. Cumplir la norma, entendiendo por norma lo que es “normal”, es decir, lo que hace la mayoría. He intentado negar mi propia individualidad y mi derecho a ser diferente pero se acabó.
¿Qué soy un asocial, un bicho raro? Po’ fueno… Po’ fale… Po m’alegro
La otra opción es convertirme en un misántropo, porque cuando vuelvo de uno de estos intentos lo hago cabreado y cagándome en todo.
Así que lo tengo claro. Soy una persona solitaria, y no me importa. No hecho en falta nada ni a nadie. Estoy a gusto solo. No me agobio por no salir los fines de semana o por no hablar con nadie fuera del trabajo. Es mi vida y la vivo como quiero.
Eso no quita que si en algún momento surge algo, y no me refiero a una relación sentimental, sino simplemente amistosa, la vaya a rechazar, pero desde luego lo que no pienso volver a hacer es forzar la situación.